El episodio ocurrió tras su regreso desde La Araucanía, en medio de un contexto particularmente sensible: el fuerte aumento en el precio de los combustibles. Apenas pisó el terminal, un grupo de personas comenzó a pifiarlo sin filtro. No era una protesta organizada, sino una reacción espontánea que, precisamente por eso, dejó en evidencia el malestar ciudadano que comienza a aflorar.
Kast enfrenta pifias en aeropuerto
Lejos de ignorar la situación, Kast optó por encarar directamente a quienes lo increpaban. “Siempre con respeto por delante, gracias”, lanzó, en una frase que buscó poner orden, pero que también evidenció incomodidad. La respuesta no calmó del todo el ambiente: algunos insistieron en los gritos, mientras otros, en contraste, lo aplaudían y pedían fotografías, generando una escena dividida, casi como un reflejo en miniatura del país.
El intercambio no quedó ahí. Mientras se retiraba, desde el público le gritaron que se fuera, a lo que el mandatario respondió con un escueto “me voy andando”, cerrando el momento sin mayor confrontación, pero dejando una sensación instalada: el respaldo no es unánime y la calle ya empieza a hablar.
Más allá del episodio puntual, lo ocurrido en el aeropuerto funciona como termómetro político. En un gobierno que recién comienza, pero que ya enfrenta decisiones impopulares, las pifias no son solo ruido: son advertencia. Porque cuando el descontento aparece sin convocatoria, sin banderas y sin organización, suele ser más difícil de contener… y más peligroso de ignorar.