La denuncia de Mon Laferte sobre el acoso que habría sufrido durante su participación en Rojo, el programa de talentos de TVN, volvió a generar repercusiones. Esta vez, fue su expareja quien se refirió públicamente a sus declaraciones y respaldó la veracidad de lo que la artista ha contado sobre aquella etapa de su carrera.
El testimonio vuelve a poner el foco en una época en que los programas de talentos marcaban la agenda televisiva y proyectaban a jóvenes artistas ante millones de espectadores. Detrás de las cámaras, sin embargo, también podían existir situaciones que no quedaban reflejadas en pantalla y que, años después, comienzan a ser relatadas por quienes las vivieron.
La cantante, que construyó una carrera internacional tras sus primeros pasos en la televisión chilena, ha hablado sobre experiencias difíciles que enfrentó en ese periodo. Sus declaraciones reabren una discusión incómoda para la industria del espectáculo: cómo se abordaban las denuncias de acoso y qué mecanismos existían para proteger a quienes participaban en estos espacios.
Roberto Olea también denunció maltrato laboral y recordó su enfrentamiento con el productor
Quien salió a respaldar públicamente a la cantante fue Roberto Olea, su expareja durante aquella etapa y también exintegrante de Rojo. En conversación con el programa Zona de Estrellas, el músico afirmó: “Sí, todo lo que ha dicho Mon es cierto todo”. Además, sostuvo que el problema no se limitaba al acoso denunciado por la artista, sino que también existían situaciones de maltrato laboral y hostigamiento dentro del espacio televisivo.
Olea relató que él mismo tuvo conflictos con el productor Jaime Román por asuntos relacionados con su trabajo musical. Según su versión, cuestionó que sus créditos aparecieran asociados al llamado Clan Rojo y no a su nombre como solista. Aseguró que después de reclamar sufrió consecuencias profesionales y que incluso le resultó difícil continuar en el programa. “Me costó hasta la salida del programa”, recordó.
El músico también contó que enfrentó directamente a Román en las instalaciones de TVN. Según su relato, el productor negó inicialmente los hechos y luego habría pedido disculpas. Olea recordó que el episodio ocurrió hace cerca de dos décadas, en un contexto en que, según explicó, las advertencias sobre comportamientos inapropiados circulaban sin que necesariamente se hablara abiertamente de abuso. “Nosotros vivíamos juntos, pasábamos el problema y nos comíamos la mierda solos”, expresó al describir cómo atravesaron aquella etapa.
La responsabilidad de los canales vuelve al centro del debate
El caso también reabrió preguntas sobre lo que sabían los responsables del programa y qué medidas se adoptaron cuando surgieron las denuncias. Mon Laferte ha señalado que informó sobre lo que estaba viviendo y que le prometieron ayuda, pero que, según su testimonio, no hubo acciones efectivas. Respecto de Rafael Araneda, Olea evitó acusarlo directamente y sostuvo que, por lo que recordaba, el animador habría escuchado a la cantante.
La discusión no se reduce a los recuerdos de una exparticipante y su pareja de entonces. También interpela a una industria que durante años puso el foco en el éxito televisivo, mientras las relaciones de poder dentro de los programas rara vez eran examinadas públicamente con la misma intensidad. Los testimonios conocidos ahora no reemplazan una investigación independiente de cada episodio, pero sí obligan a revisar cómo se recibían las denuncias y qué protección tenían los jóvenes artistas.
Mon Laferte ha construido una carrera internacional y hoy puede contar experiencias que, según ha relatado, mantuvo en silencio durante años. Roberto Olea, por su parte, afirma que también vivió momentos difíciles en ese entorno y valora que su expareja haya decidido hablar. La pregunta que queda para la televisión chilena no es solo qué ocurrió en “Rojo”, sino qué mecanismos existían para escuchar, proteger y actuar cuando alguien denunciaba una situación de acoso.





