El aluvión que golpeó a Las Condes no solo dejó calles cubiertas de barro, vehículos arrastrados y viviendas dañadas. También volvió a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿cuánto de estas tragedias responde a fenómenos naturales y cuánto a decisiones humanas que permiten habitar y construir en zonas vulnerables? El geógrafo Marcelo Lagos volvió a instalar ese debate con una advertencia que apunta mucho más allá de la emergencia inmediata.
“Lo que estamos viendo hoy es la punta del iceberg”, sostuvo el especialista al referirse a la acumulación de factores que generan exposición y riesgo en el territorio. Su análisis apunta a que el desastre no puede entenderse únicamente como consecuencia de lluvias intensas: también obliga a revisar cómo se planifican las ciudades, qué infraestructura se construye y cuánto se invierte en prevención antes de que ocurra una catástrofe.
Lagos ha cuestionado el modelo de desarrollo chileno por permitir intervenciones en espacios ambientalmente frágiles, incluso cuando los proyectos cuentan con autorizaciones. En sus críticas ha mencionado construcciones en dunas, humedales y sectores próximos a quebradas, donde la ocupación del territorio puede aumentar la exposición de las personas ante fenómenos naturales. El problema, desde esa perspectiva, no es solo dónde cae la lluvia, sino qué encuentra a su paso.
Marcelo Lagos lanza dura advertencia
La emergencia también reabrió la discusión sobre las obras de mitigación. En declaraciones recogidas por medios nacionales, el geógrafo planteó alternativas como la instalación de mallas dinámicas capaces de retener rocas y troncos de gran tamaño, reduciendo parte de la energía de los flujos que descienden por las quebradas. Sin embargo, advirtió que la coordinación entre organismos públicos, municipios y servicios técnicos, junto con la disponibilidad de recursos y la burocracia, puede retrasar la ejecución de medidas preventivas.
Otro punto crítico es la desigualdad territorial. Lagos advirtió que un fenómeno similar podría tener consecuencias muy distintas dependiendo de la comuna afectada y de la infraestructura disponible. Al comparar Las Condes con Puente Alto, planteó que las características urbanas y las condiciones de exposición podrían cambiar drásticamente el impacto sobre la población. La prevención, por lo tanto, no puede depender del nivel de recursos de cada sector.
El desastre también deja en evidencia una falla recurrente en la gestión pública: las medidas suelen acelerarse después de una tragedia, cuando las imágenes de destrucción ya obligan a reaccionar. La experiencia de aluviones anteriores demuestra que el riesgo de las quebradas no es una amenaza desconocida. La pregunta es por qué las advertencias científicas no siempre se traducen a tiempo en obras, planificación y decisiones que protejan vidas.





