En la cuarta noche del Festival de Viña del Mar 2026, lo que había sido anunciado como un hito —la primera presentación de una transformista en la Quinta Vergara— terminó convertido en una de las polémicas más ruidosas del certamen. Álvaro Salas, presente como espectador en el anfiteatro, reveló una versión que echa por tierra la narrativa oficial e invita a reconsiderar si lo ocurrido fue un simple “corte de tiempo” o el reflejo de tensiones internas sobre control artístico y estructura.
Salas, veterano del humor local, fue claro al responder sobre el abrupto cierre de la rutina de Asskha Sumathra: “por lo que supe de manera extraoficial, la cortaron porque se había salido totalmente del libreto y se estaba yendo un poquito al chancho”. En su relato, recopilado en espacios de análisis como el podcast Hablemos de Viña, el comediante marca una línea entre lo que fue la actuación y lo que entendió que la organización esperaba, sugiriendo que el show se diluyó en improvisación y confianza excesiva más que por un capricho de los animadores o una falla técnica.
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Esta versión golpearía directamente a la narrativa paliativa del director ejecutivo del Festival, quien ha insistido en que el espectáculo duró 50 minutos, el tiempo pactado previamente —y que la entrega simultánea de las Gaviotas obedeció más al formato de comedia que a una “sacada” deliberada.
Álvaro Salas destapa la verdad
Para Salas, sin embargo, no se trata solo de cifras: la queja va por el rumbo que tomó la actuación, que según su interpretación se “olvidó” de la Quinta Vergara y se transformó, en algunos pasajes, en la voz de un bar más que en un guion pensado para un festival televisivo con reglas claras y tiempos estrictos.
El impacto de la decisión fue inmediato. Los reclamos no solo vinieron desde las populares pifias del “Monstruo” ni de las críticas virales en redes, sino también de colegas humoristas que expresaron su molestia con calificativos que van desde “falta de respeto” hasta acusaciones directas de censura encubierta a un acto que, en pleno 2026, debería pasar sin sobresaltos.
Aunque Salas se preocupó de preservar la figura de los animadores, explicando que estos solo cumplen órdenes, es imposible separar la narrativa de control artístico de la percepción pública de una decisión tomada detrás de cámaras y ejecutada de forma abrupta.
Lo que para algunos fue simplemente un cumplimiento de horario, para otros —como Salas y buena parte de la audiencia— se sintió como una intervención autoritaria en el flujo del show, que tenía al público en el bolsillo antes de su inexplicable conclusión. Más allá de la discusión de tiempos o libretos, este episodio deja al descubierto una grieta entre la formalidad de los pactos con producción y la libertad creativa de los artistas, una tensión que, en el caso de Sumathra, se transformó rápidamente en símbolo de una controversia que sigue reverberando sin señales claras de atenuación.















