La tormenta mediática que atraviesa la parlamentaria Camila Flores no se limita a las nuevas acusaciones cruzadas con su exesposo, Percy Marín, tras el quiebre de su matrimonio de 17 años: un episodio del pasado —cuando admitió públicamente desconfianza hacia él— ha sido desempolvado por la opinión pública y se ha convertido en combustible adicional para un circo mediático que, más allá de lo íntimo, revela grietas profundas en la narrativa pública de una figura política.
Fue en 2021, durante un episodio del programa Podemos Hablar, cuando Flores sorprendió a propios y extraños al confesar que en sus inicios de relación —“tenía 23 años cuando partimos”, dijo— había revisado el celular de su entonces pareja por desconfianza, un acto que calificó de erróneo y del que aseguró arrepentirse.
“Sé que está mal y me arrepiento. Pero es como de la inmadurez”, explicó en ese entonces, describiendo un comportamiento que muchos asociados a dinámicas de inseguridad emocional más que a la estabilidad de una pareja adulta.
Camila Flores y la confesión incómoda
Hoy, esa misma confesión ha vuelto a circular con fuerza en redes sociales, justo cuando Marín acusa “maltratos, humillaciones y abuso de poder” por parte de Flores en el contexto de la separación y la estrategia judicial que él inició.
El contraste entre la imagen pública que la senadora electa ha querido proyectar —de liderazgo político y firmeza moral— y aquella confesión en televisión se ha transformado en un nuevo ángulo de ataque para críticos y comentaristas, que no han dudado en resaltar la contradicción entre lo que se predica y lo que se vivió en lo privado.
Más allá del chisme fácil, esta reapertura de viejos testimonios plantea una pregunta incómoda sobre la gestión de la vida personal de figuras públicas en contextos de crisis. ¿Es legítimo —o útil— traer al debate nacional una confesión privada de desconfianza conyugal para cuestionar la credibilidad de una política?
Para algunos analistas, este fenómeno refleja cómo el escrutinio público se ha vuelto un arma de desgaste personal y político simultáneo, especialmente cuando los protagonistas están vinculados a fuerzas políticas que valoran la “moral pública” como parte de su discurso.
Camila Flores, por su parte, ha rechazado las acusaciones de Marín y se ha resguardado tras el silencio institucional —su equipo habla de “calumnias graves”— mientras asegura que la verdad saldrá a la luz en su momento. Pero la re-circulación de aquel momento de desconfianza televisiva no solo resucita viejas memorias, sino que expone cómo los gestos de juventud y las fallas emocionales pueden ser reutilizados como munición en el arsenal político contemporáneo, donde la intimidad y la política ya no tienen fronteras claras.















