El cambio no es solo de rubro, es de escenario. De los sets juveniles de “BKN” a los pasillos del poder. Así se puede resumir el giro de Paulina Prohaska, la recordada “Anto Larraín”, que hoy dejó atrás la actuación para instalarse en un espacio mucho menos ingenuo: la política.
Porque sí, la ex actriz ya no está frente a cámaras por un guion. Hoy escribe otros libretos. Prohaska se integró al equipo de comunicaciones de la Secretaría General de la Presidencia (Segpres), en el gobierno de José Antonio Kast, asumiendo un rol estratégico lejos del espectáculo, pero no de la exposición.
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El giro de Paulina Prohaska
El tránsito, en todo caso, no es improvisado. Tras su paso por la serie juvenil, Prohaska se tituló como periodista e incluso cuenta con estudios de posgrado, además de experiencia previa en gobiernos anteriores, incluyendo administraciones de Sebastián Piñera. Es decir, más que un salto, lo suyo es un retorno a un terreno que ya conocía, pero que ahora adquiere mayor visibilidad por el contexto político.
Sin embargo, el dato que incomoda no es su currículum, sino lo que representa. Porque su llegada se produce en un gobierno que ha generado debate desde su instalación, no solo por sus figuras políticas, sino por el perfil ideológico de su equipo. En ese escenario, la presencia de rostros “reconocibles” de la televisión no pasa desapercibida: mezcla farándula, comunicación estratégica y poder en una misma ecuación.
Y ahí es donde esta historia deja de ser anecdótica. Porque el caso de Prohaska refleja algo más amplio: cómo las trayectorias mediáticas pueden reconvertirse en capital político. No se trata solo de una ex actriz que cambió de rumbo. Se trata de cómo la visibilidad —esa que antes servía para entretener— hoy también puede servir para influir. Y en ese cruce, la pregunta ya no es quién era… sino en qué se convierte.
















