La figura de Latife Soto vuelve a instalar el temor en la conversación pública. Esta vez, no con metáforas ni ambigüedades, sino con una advertencia directa: un “sismo muy fuerte” podría sacudir al país. La alarma, amplificada por redes sociales y programas de farándula, no es nueva en su discurso, pero sí insiste en un patrón que inquieta: Chile como escenario permanente de eventos sísmicos relevantes.
Según distintas intervenciones recientes de la tarotista, el 2026 estaría marcado por una seguidilla de movimientos telúricos, algunos de ellos de consideración. Incluso ha delineado zonas específicas donde —según sus cartas— habría mayor actividad, apuntando al norte chico, sectores del Maule e incluso territorios extremos como la Antártica . No es una predicción aislada: forma parte de un relato que viene repitiendo desde fines del año pasado.
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Latife Soto desata alarma
Pero aquí es donde el fenómeno deja de ser anecdótico y entra en terreno más incómodo. Porque aunque sus dichos carecen de respaldo científico, logran instalar una narrativa que mezcla intuición, coincidencias pasadas y una audiencia dispuesta a creer. La propia Soto ha insistido en que “habrá muchos sismos durante el año”, reforzando la idea de un ciclo sísmico activo que, en rigor, ya es parte de la normalidad geológica del país .
El problema no es que alguien haga predicciones. El problema es cuando estas advertencias —sin evidencia técnica— se viralizan en un país altamente sísmico, donde el miedo no necesita demasiados incentivos. La ciencia ha sido clara: no existe hoy un método confiable para predecir terremotos con precisión en tiempo, lugar y magnitud. Aun así, el discurso de la “alerta anticipada” sigue encontrando eco.
En paralelo, expertos insisten en que Chile vive sobre una de las zonas tectónicas más activas del planeta, lo que explica la recurrencia de temblores sin necesidad de recurrir a visiones esotéricas. Sin embargo, cada vez que una figura mediática instala la idea de un gran evento inminente, el ruido supera a la evidencia. Y otra vez, el miedo corre más rápido que la información.














