El artista urbano Marcianeke, uno de los nombres más seguidos en la escena musical chilena, enfrenta un nuevo y profundo golpe emocional tras confirmar la muerte de un amigo cercano, apodado “Naris”, a quien describió en redes como “mi sangre” y con quien compartía una relación que iba más allá de la mera amistad.
En una serie de publicaciones en Instagram, el cantante dejó ver el impacto devastador de esta pérdida, subrayando que “ya no volveré a sonreír como antes”.
La crudeza de los mensajes de Marcianeke no solo revela dolor, sino también un contexto que preocupa: según señaló, su amigo no falleció de causas naturales, sino que podría haber sido víctima de un acto violento, dejando una herida abierta en su círculo íntimo y en la comunidad urbana.
“Me mataron a mi sangre”, escribió el artista, una frase que ha resonado tanto entre sus seguidores como entre quienes observan con inquietud cómo la violencia toca cada vez más cerca de figuras públicas del trap y el reggaetón.
Lejos de limitarse a un lamento personal, esta tragedia vuelve a poner sobre la mesa una pregunta incómoda para la cultura urbana en Chile: ¿qué tan vulnerables están los artistas y sus círculos a la violencia que azota a nuestras calles?
Marcianeke entre el dolor y la violencia urbana
Marcianeke, quien ya ha sido honesto anteriormente sobre sus propios conflictos de salud mental y los desafíos de su vida pública, ahora se enfrenta a un duelo que podría marcar un antes y un después en su relación con la música y con el entorno que lo rodea.
“Naris” no era un desconocido en el mundo musical: según registros visuales y publicaciones anteriores de Marcianeke, el joven compartía momentos con otros exponentes del género como Standly, Pailita y Pablo Chill-E, lo que indica que su pérdida no solo afecta emocionalmente al cantante, sino también a toda una generación de artistas urbanos que se ha consolidado en los últimos años en Chile.
Este luto se suma a una serie de despedidas dolorosas que han marcado el último tiempo del trap chileno —recordando la muerte de figuras como Galee Galee, la cual Marcianeke también lamentó públicamente—, y arroja un manto de reflexión sobre cómo una cultura nacida entre barrios y periferias ahora debe enfrentar la brutalidad de un entorno que muchas veces se filtra en sus letras, sus historias y sus pérdidas personales.















