La actriz e influencer Nicole Block ha vuelto al centro del debate público tras profundizar en las serias consecuencias personales que enfrentó después de denunciar al futbolista Gary Medel por acoso sexual, una denuncia que realizó en redes sociales en septiembre del año pasado y que, según ella, no solo no prosperó judicialmente, sino que desencadenó un ciclo de miedo, agresiones y cambio de vida.
En su más reciente entrevista, Block indicó que el proceso judicial que ella misma intentó impulsar con otras víctimas nunca avanzó porque las mujeres “se echaron para atrás por amenazas”, y afirmó con crudeza que tiene claro que “el fútbol es una mafia” y que probablemente no habría justicia en su caso.
Pero para la actriz lo más inquietante no fue la decepción institucional, sino la ola de violencia que, según asegura, vino después de hablar públicamente. Relató que días tras su denuncia fue agredida por tres mujeres en una discoteca, un episodio que la dejó físicamente mal y psicológicamente impactada, hasta el punto de que decidió cambiar de casa y encerrarse por miedo a más represalias.
Nicole Block revela que su vida cambió
“Quedé mal y me dio mucho miedo. Me cambié de casa y me encerré”, explicó Block, demostrando cuán profundo fue el efecto de visibilizar un abuso en un entorno mediático tan polarizado.
La actriz también dijo haber recibido información de seguidores que, según ella, apuntan a patrones similares con otras mujeres vinculadas al mismo futbolista. “Un seguidor mío me dijo que a una ex de él le había pasado lo mismo que a mí. Entonces preferí resguardar mi integridad”, señaló, lo que refuerza su decisión de no buscar justicia formal por considerar que no tendría un resultado favorable.
En sus declaraciones más directas y dolorosas, Block admitió incluso que lamenta haberse expuesto públicamente, pues “la pasé pésimo” tras revelar su versión de los hechos y ver cómo su vida cotidiana se transformó: no solo el miedo físico, sino también la incertidumbre legal y el aislamiento que ella misma construyó para sentirse segura.
Este caso —que sigue sin judicializarse plenamente— pone en evidencia no solo la dificultad de las víctimas para llevar adelante denuncias contra figuras públicas con poder mediático o económico, sino también las repercusiones personales y sociales que enfrentan quienes deciden hablar, desde agresiones directas hasta la necesidad de reconfigurar sus vidas para protegerse.















