En la gran final de Fiebre de Baile no todo fue brillo, coreografías y aplausos. También hubo ruido —y del fuerte— cuando Raquel Argandoña apareció en escena. La jurado fue recibida con una andanada de pifias en el recinto, un ambiente hostil que no pasó inadvertido y que volvió a instalar su figura en el centro de la polémica televisiva.
Lejos de incomodarse, la llamada “Quintrala” optó por enfrentar el momento con su sello habitual: frontalidad sin filtro. Consultada por la reacción del público, Argandoña bajó el perfil al episodio, asegurando que está acostumbrada a ese tipo de manifestaciones y que, lejos de perjudicarla, terminan alimentando su personaje mediático.
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Raquel Argandoña enfrenta lluvia de pifias
Pero no se quedó ahí. En declaraciones posteriores, reforzó su postura con una frase que encendió aún más el debate farandulero: deslizó que las pifias son parte del juego televisivo y que, en su experiencia, generan más visibilidad que rechazo. En simple, transformó el abucheo en combustible para su marca personal.
El episodio reavivó la discusión sobre el rol que cumple Argandoña en este tipo de formatos: ¿villana necesaria o figura desgastada? Mientras algunos sostienen que su presencia tensiona el espectáculo y eleva el rating, otros creen que su estilo confrontacional ya no conecta con las audiencias actuales.
Lo cierto es que, querida u odiada, Raquel Argandoña volvió a hacer lo que mejor sabe: no pasar desapercibida. Porque si algo dejó claro tras la final del estelar, es que —para bien o para mal— sigue entendiendo la televisión como un ring donde las pifias, más que un castigo, son señal de que sigue vigente.












