La coreógrafa Cony Azúa, responsable de una de las piezas más comentadas de la gala de apertura del Festival de Viña del Mar 2026, rompió el perfil de producción impecable y reveló detalles crudos de lo que realmente ocurrió tras bastidores con la actuación de Karen. Lo que el público vio como un desfile de pasos y música fue, según Azúa, producto de tensiones, ajustes de última hora y un episodio que —según su relato— casi hace caer todo el montaje.
Azúa explicó que desde un inicio el desafío fue mayúsculo: integrar a una figura de pantalla —que no es bailarina profesional— en una coreografía que exigía precisión, sincronía y mucho control escénico. “Nunca parte fácil cuando mezclas ritmos, cámaras en vivo y una gala donde cada segundo se cuenta”, señaló, dejando en claro que Viña no perdona errores ni improvisaciones mal calculadas. Y lo que parecía un compromiso formal terminó en una carrera contrarreloj por corregir detalles que, en los ensayos, no estaban funcionando.
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El punto más tenso llegó cuando, durante los ensayos generales, Karen vaciló en una secuencia clave. Azúa confesó que ese momento provocó un silencio pesado entre el equipo: “No era solo un paso mal ejecutado… era una pieza que pivotaba sobre ese giro. Si fallaba, se venía abajo toda la parte final”. Según la coreógrafa, fue necesario detener la música, recalibrar posiciones y reasignar movimientos en cuestión de minutos, en lo que ella describió como un ejercicio de improvisación técnica que pocos espectáculos se atreven a mostrar en público.
Tras bambalinas del show de apertura en Viña 2026
Pero más allá de la presión física, Azúa también dejó ver la carga emocional del trabajo: “Hubo lágrimas, hubo nervios, y también frustración… no porque Karen no quisiera hacerlo, sino porque sabía que ese momento le podría cambiar la percepción del público”. La frase no solo pone en contexto la exigencia profesional, sino también la carga simbólica que enfrenta hoy una figura que transita entre entretenimiento masivo y riesgo artístico.
La coreógrafa también abordó otro tema que pocas veces sale a la superficie: la relación entre producción y jerarquía de estrellas. Según ella, “hay egos, hay orgullo y hay temor a fallar frente a miles de ojos”, lo que convierte el trabajo técnico en una especie de campo de batalla donde cada decisión —desde un paso hasta un movimiento de cámara— puede ser debatido y renegociado en cuestión de segundos.
Al final, lo que quedó claro es que lo que el público vio en la Quinta Vergara fue apenas la punta de un iceberg de tensión, ensayo y, sobre todo, exigencia profesional. Porque en la vitrina más grande del espectáculo nacional, no solo bailan los artistas, sino también las presiones, las dudas y las decisiones que pueden hacer o deshacer una noche entera. Y si hubo algo de lo que Cony Azúa habló sin filtros, fue justamente de eso: del backstage donde la magia —o la crisis— realmente sucede.















