La escena es brutal en su simpleza: una joven vuelve de un concierto, baja del Metro y termina baleada en medio de disturbios. No es una película, es Santiago. Y ocurrió en una nueva conmemoración del Día del Joven Combatiente, una fecha que año tras año mezcla memoria histórica con violencia descontrolada.
La víctima, una mujer de 26 años, había asistido al recital de Soda Stereo en el Movistar Arena. De regreso, junto a un amigo, descendió en las cercanías de la estación Hospital El Pino, en San Bernardo. Ahí se encontró con el otro Chile: barricadas, enfrentamientos y disparos. Fue en ese contexto donde recibió un impacto balístico en el abdomen que la dejó en estado grave.
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Bala en el Día del Joven Combatiente
El relato es tan absurdo como repetido. Manifestantes —o derechamente delincuentes, según los primeros antecedentes— disparaban en medio de los incidentes, presuntamente contra Carabineros. En ese fuego cruzado, una bala “perdida” terminó encontrando a quien no tenía nada que ver. La joven fue trasladada de urgencia al Hospital El Pino, donde ingresó en riesgo vital, aunque con el paso de las horas su condición habría evolucionado levemente .
Pero lo de fondo no cambia: una noche que debía terminar en música terminó en pabellón. Y no por casualidad, sino por un patrón que se repite cada 29 de marzo. La conmemoración —que recuerda a los hermanos Vergara Toledo— se ha convertido en múltiples puntos de la capital en una zona liberada donde el control simplemente desaparece .
La pregunta incómoda vuelve a instalarse: ¿cuántas veces más se va a normalizar que civiles terminen baleados en medio de estas jornadas? Porque aquí no hay épica ni causa que resista el contraste con la realidad: una mujer inocente saliendo de un concierto terminó con una bala en el cuerpo. Y eso, más que conmemoración, es fracaso.















