Mientras Chile aún no logra digerir el horror vivido en Calama, otro episodio vuelve a golpear el ya frágil sentido de seguridad en los colegios. Esta vez fue en Curicó, donde un estudiante de apenas 15 años fue sorprendido portando un arma de fuego cargada en las inmediaciones de su establecimiento educacional, encendiendo todas las alertas.
El hecho ocurrió en el Colegio Polivalente Japón, donde el adolescente permanecía fuera del recinto sin ingresar a clases, lo que llamó la atención de un docente. Fue en ese momento cuando se detectó que el menor portaba un arma lista para ser utilizada, con municiones aptas para el disparo, lo que derivó en un rápido operativo policial y su posterior detención.
Escolar de 15 años llega con arma cargada
Pero uno de los antecedentes que más inquieta es el origen del arma: pertenecía a su abuela y estaba legalmente inscrita. Es decir, no se trata de tráfico ilegal ni de un mercado negro, sino de un arma que salió desde el propio entorno familiar hacia manos de un menor que llegó con ella a un colegio. Una señal que incomoda y que abre preguntas más profundas que el simple hecho policial.
Durante la formalización, el tribunal optó por dejar al adolescente bajo medidas cautelares y vigilancia, considerando que no tenía antecedentes previos. Sin embargo, fue formalizado por porte ilegal de arma de fuego y municiones, en un caso que vuelve a tensionar los límites del sistema frente a menores involucrados en hechos de alto riesgo.
Aunque no se registraron amenazas directas ni uso del arma dentro del establecimiento, el problema ya estaba instalado: un escolar con un arma cargada en un contexto donde la violencia en colegios viene en escalada. Lo de Curicó no es un hecho aislado, es un síntoma. Y la pregunta incómoda vuelve a aparecer con fuerza: ¿cuántos casos más están a un paso de transformarse en tragedia antes de que alguien reaccione de verdad?












