El brutal femicidio ocurrido en Las Condes —donde una mujer de 31 años fue asesinada por su pareja frente a su hija de solo tres años— no solo dejó horror por la violencia del crimen, sino también una polémica que expone otro nivel de crudeza: la normalización. Esta vez, no vino desde el agresor, sino desde el entorno.
En medio de la cobertura, un vecino del edificio sorprendió con una declaración que rápidamente desató rechazo. “Impactados, pero no sorprendidos”, dijo, para luego rematar con una frase aún más inquietante: que como comunidad “lo tiraban como chiste”, refiriéndose a la posibilidad de que ocurriera una tragedia de este tipo.
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Indignación por dichos de vecino tras femicidio
El intento de explicación no hizo más que agravar el problema. Según el propio residente, el edificio arrastraba un historial de conflictos: arriendos temporales, peleas, episodios de violencia intrafamiliar y hasta presencia de delincuentes prófugos. Un caldo de cultivo que —según su relato— venía generando un ambiente tenso hace tiempo, pero que terminó siendo tratado con liviandad hasta que ocurrió lo inevitable.
En redes sociales, la reacción fue inmediata. Usuarios cuestionaron el tono de sus palabras, apuntando a una peligrosa banalización de la violencia. Y no es menor: en un país donde el femicidio es la expresión más extrema de la violencia de género, este tipo de discursos no solo incomodan, sino que revelan una desconexión brutal con la gravedad del problema.
Porque aquí no solo hay un crimen. Hay señales previas, contextos ignorados y, peor aún, comunidades que aprenden a convivir con la violencia como si fuera parte del paisaje. Lo ocurrido en Las Condes no solo interpela a la justicia: también deja al descubierto una pregunta incómoda que nadie parece querer responder del todo… ¿en qué momento lo inaceptable empezó a parecer normal?















