El femicidio que sacudió a la comuna de Las Condes sigue revelando capas de horror que incomodan. Esta vez, no fue una cámara ni un parte policial el que expuso la crudeza del crimen, sino el testimonio directo de una vecina que se cruzó cara a cara con el agresor minutos después de haber asesinado a su pareja.
Según su relato, el hombre —tras apuñalar a la mujer en medio de una discusión— no huyó ni intentó ocultar lo ocurrido. Por el contrario, se acercó con una frialdad desconcertante y le pidió ayuda: que cuidara a su hija de tres años. “Me dijo que se la cuide, porque acababa de pelear con su esposa… y la mató”, relató la testigo, en una escena que parece sacada de una ficción, pero que ocurrió en tiempo real dentro de un edificio residencial.
Estremecedor relato clave tras femicidio en Las Condes
La historia no termina ahí. El sujeto incluso habría confesado directamente el crimen y deslizado su intención de quitarse la vida, dejando a la menor en manos de terceros como si se tratara de un trámite más. La niña —que habría presenciado el ataque— quedó momentáneamente al cuidado de la vecina mientras el agresor deambulaba por el edificio, en un estado que combinaba desconexión y lucidez inquietante.
El crimen ocurrió en un departamento donde la familia se encontraba de paso en Santiago, tras viajar desde el norte por motivos médicos. Lo que debía ser una estadía temporal terminó en tragedia, con una mujer asesinada frente a su hija y un entorno que, según los testimonios, ya había percibido comportamientos extraños en el agresor horas antes del ataque.
Este caso no solo expone la brutalidad del femicidio, sino también una dimensión aún más perturbadora: la naturalidad con la que el agresor interactuó después de matar. No hubo huida inmediata, no hubo pánico visible. Hubo relato, hubo pedido, hubo cálculo. Y eso abre una pregunta incómoda que vuelve a repetirse: ¿cuántas señales previas fueron ignoradas antes de que todo terminara en muerte?















