En medio del impacto nacional por la masacre de Calama, hubo un comentario que rompió el libreto. No vino desde una autoridad ni desde un informe técnico, sino desde un matinal. Y fue directo al punto incómodo. El periodista José Antonio Neme decidió decir en voz alta lo que —según él— nadie se atrevió a plantear tras el ataque: que el foco del debate está completamente desviado.
En su intervención, el rostro televisivo no maquilló el diagnóstico. Calificó el hecho derechamente como un acto terrorista y cuestionó la forma en que se abordó la respuesta frente al agresor. “En cualquier país medianamente civilizado”, planteó, una persona armada con intención de matar es neutralizada por la policía, incluso con resultado fatal si es necesario.
También te puede interesar
Neme enciende debate por masacre de Calama
Pero su crítica no se quedó ahí. Neme apuntó a lo que considera el verdadero escándalo: que hayan sido estudiantes quienes terminaron enfrentando y reduciendo al atacante dentro del colegio. “No son los estudiantes los llamados a reducir a un terrorista”, insistió, visiblemente molesto, marcando una línea que hasta ahora no había sido el centro del debate público.
Y ahí es donde su intervención golpea. Porque mientras la discusión se ha concentrado en bullying, salud mental o convivencia escolar, lo que plantea Neme es otra cosa: una falla en la reacción institucional frente a un ataque en curso. No en el antes, sino en el durante. En esos minutos donde no hubo Estado, sino alumnos improvisando una contención que no les correspondía.
El punto incomoda, porque cambia el eje. Ya no se trata solo de cómo se gestó la violencia, sino de cómo se respondió —o no se respondió— cuando ya era demasiado tarde. Y en ese vacío, lo que quedó no fue protocolo ni seguridad: fue supervivencia. Y eso, más que una opinión, es una señal de alerta que nadie parece querer tomar del todo en serio.













