El tercer juicio por el crimen de Narumi Kurosaki sumó uno de sus momentos más incómodos y simbólicos: el cara a cara entre Nicolás Zepeda y la madre de la joven japonesa. No fue una escena más del proceso. Fue el punto donde el caso dejó de ser solo judicial y volvió a ser profundamente humano… y brutal.
En medio de su declaración, el chileno —que insiste en su inocencia— decidió dirigirse directamente a la madre de la víctima. No lo hizo con una confesión ni con un quiebre, sino con una frase que buscó instalar una idea: que culparlo no aliviará su dolor. Un mensaje que, lejos de cerrar algo, reabre la herida en uno de los juicios más largos y tensos que ha enfrentado la justicia francesa en los últimos años.
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Nicolás Zepeda enfrenta a la madre de Narumi
El contexto es clave. Zepeda llega a este tercer proceso tras dos condenas previas a 28 años de cárcel que fueron anuladas por razones procesales, pero con una carga probatoria que sigue pesando: rastros digitales, movimientos sospechosos y su presencia en el entorno de la víctima antes de su desaparición en 2016. Y aun así, su discurso no ha cambiado: “soy inocente”, repite, incluso frente a la familia que lleva casi una década esperando respuestas.
Pero lo que ocurrió en esta audiencia no fue solo una reiteración de su defensa. Fue un giro en el tono. Porque hablarle directamente a la madre de Narumi no es un gesto neutro. Es una jugada que tensiona el juicio, que incomoda al tribunal y que inevitablemente expone la distancia entre dos relatos irreconciliables: el de una familia que exige verdad y el de un acusado que sigue negando todo.
En ese choque, no hay espacio para medias tintas. Mientras la investigación intenta cerrar una historia con evidencia acumulada, Zepeda insiste en abrirla con palabras. Y en medio queda lo más difícil de resolver: no solo qué pasó con Narumi, sino cuánto más puede soportar una verdad que sigue en disputa.















