No solo hubo planificación. También hubo financiamiento. Y lo más inquietante es de dónde salió. Nuevos antecedentes del caso que estremeció a Calama revelan que el autor del ataque no solo preparó durante meses su ofensiva, sino que además habría obtenido el dinero mediante robo para adquirir el arsenal con el que ejecutó la agresión.
Según la investigación, el estudiante de 18 años destinó recursos para comprar una serie de elementos que no dejan espacio para dudas: una katana, armas cortantes, gas pimienta y hasta jeringas, en lo que aparece cada vez más como un montaje deliberado para causar el mayor daño posible. Y no fue una compra improvisada: fue una inversión sostenida en el tiempo, alineada con un plan que ya había sido descrito como meticuloso.
También te puede interesar
El oscuro origen del dinero
Pero el dato que cambia el foco es otro: el origen del dinero. De acuerdo a los antecedentes conocidos, los recursos utilizados no provenían de ahorros ni de apoyo familiar, sino que habrían sido sustraídos, lo que abre una arista aún más compleja en el caso. No solo se trata de un ataque planificado, sino de una cadena de conductas previas que pasaron inadvertidas o no fueron contenidas a tiempo.
El nivel de preparación vuelve a golpear la tesis de un acto impulsivo. El atacante llegó al establecimiento con múltiples armas, incluso ocultándose en dependencias del colegio antes de iniciar la agresión, lo que refuerza la idea de una ejecución por etapas. Cada elemento —desde el gas pimienta hasta las jeringas con sustancias peligrosas— formaba parte de un esquema diseñado para maximizar el impacto del ataque.
Aquí es donde la historia deja de ser solo policial y se vuelve incómodamente estructural. Porque si alguien es capaz de robar, planificar durante meses y armar un arsenal sin ser detectado, la falla no es solo individual. Es sistémica. En Calama no solo se ejecutó un crimen brutal: se incubó durante semanas frente a todos… y nadie lo detuvo.














