En medio de un panorama político ya de por sí fragmentado y tensionado entre coaliciones, esta semana un rumor viral entre redes sociales combinó farándula y política al poner en el centro de los comentarios a la diputada Camila Flores (RN) y al también legislador Johannes Kaiser (Partido Nacional Libertario), ex candidato presidencial. Una fotografía sin contexto, difundida por un usuario anónimo, desató una ola de especulaciones sobre una supuesta relación sentimental, desencadenando chismes, memes y comentarios ácidos en redes.
La imagen mostraba a Kaiser y Flores compartiendo un restaurante, un contexto tan inocente como insuficiente para sostener afirmaciones respecto a algo más que una simple salida de ambos a un comer. Pese a todas las alarmas mediáticas que se encendieron, la única evidencia real fue la viralización de un archivo visual que fácilmente podría ser malinterpretado por cualquier usuario con ganas de armar una película completa sin pruebas concretas.
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Rumores políticos o cahuín social
La respuesta pública más clara vino por parte de la esposa de Kaiser, Ivette Avaria, quien en lugar de emitir un desmentido formal y serio, optó por tomarse la situación con humor e ironía en sus redes sociales. En un video junto al diputado, Avaria bromeó con el rumor diciendo: “Dicen que mi marido me estaba poniendo el gorro…” antes de que Kaiser, entre risas, respondiera: “No es cierto, le pongo el sombrero”. Esa breve escena encapsula no solo la liviandad con que reaccionó la pareja, sino también el carácter más mediático que político de la situación.
No obstante, el trasfondo de la viralización abre preguntas más profundas sobre cómo se construyen y se consumen narrativas en la esfera pública. El contexto importa: la senadora Flores recientemente puso fin a casi 17 años de matrimonio con Percy Marín, lo que amplificó cualquier rumor sobre su vida amorosa. Y en el caso de Kaiser, figura política dividida entre la controversia y la polémica, cualquier fotografía se presta para especulación.
Más allá de la broma de Avaria, la situación pone de relieve dos fenómenos convergentes en la política chilena actual: por un lado, la tendencia a convertir cada gesto de los representantes públicos en material de entretenimiento; por otro, la facilidad con la que se viralizan narrativas sin contexto ni verificación. Lo que en muchos países podría ser una simple foto entre colegas o incluso amistades, aquí se transforma rápidamente en un supuesto “escándalo de infidelidad”, evidenciando que ya no hay fronteras claras entre la política seria y el cahuín digital.
















