Un nuevo secuestro sacude a la Región Metropolitana y vuelve a instalar una pregunta incómoda: ¿hasta dónde llegó la sensación de impunidad? Esta vez, la víctima es un empresario de 84 años, interceptado en plena vía pública en la comuna de San Miguel, en un hecho que ya está siendo investigado por la Policía de Investigaciones.
Según los primeros antecedentes, el adulto mayor —ligado al rubro ferretero— fue abordado por desconocidos cuando regresaba a su domicilio. Al menos tres vehículos habrían participado en el operativo, cerrándole el paso en cuestión de segundos y ejecutando un movimiento que, más que improvisado, parece propio de una banda organizada.
Pero lo que termina de encender las alarmas no es solo la mecánica del delito, sino el relato de testigos. Vecinos del sector aseguran haber escuchado gritos en medio del procedimiento, una escena que rompe cualquier intento de normalizar este tipo de hechos. La violencia dejó de ser silenciosa. Y cuando se grita en la calle, el mensaje es claro: el miedo ya no se esconde.
Secuestro de empresario de 84 años
Mientras tanto, la incertidumbre crece. Hasta ahora no hay rastro del paradero de la víctima ni de los responsables, lo que ha obligado a desplegar diligencias intensas por parte de la PDI, incluyendo peritajes al vehículo del empresario y levantamiento de evidencia en el lugar. A esto se suma un factor crítico: el hombre es insulino dependiente, lo que eleva el riesgo con el paso de las horas.
El caso no ocurre en el vacío. Se suma a una seguidilla de secuestros que en los últimos años han dejado de ser excepcionales para transformarse en una amenaza concreta. La diferencia es que ahora el patrón se repite: víctimas seleccionadas, operaciones rápidas y bandas que actúan con una coordinación inquietante. No es solo un delito más. Es una señal.
Porque cuando un adulto mayor es secuestrado a plena luz del día, en su propio barrio, el problema ya no es de percepción. Es de realidad. Y esa realidad —aunque incomode— empieza a golpear cada vez más cerca.
