En medio de un país que ha visto desfilan romances mediáticos de todo tipo, Gissella Gallardo volvió al centro de la escena no por un nuevo proyecto televisivo, sino por exponer sin filtros lo que muchos critican, pocos admiten y casi nadie escribe: el combate entre amor, ego y autoestima en las relaciones de alto impacto público.
La panelista de Hay que decirlo (Canal 13) abrió su corazón cuando el conductor Nacho Gutiérrez la presionó a hablar de sus múltiples perdones a Mauricio Pinilla, su exesposo y figura del fútbol nacional. Gallardo no se escondió: reconoció que, más allá del mito de “por la familia”, fue una profunda falta de amor propio lo que la llevó a justificar y tolerar repetidas infidelidades en su matrimonio.
Gallardo, hoy con 44 años, no sólo reveló que perdonó por ese vacío interno, sino que aseguró haber llegado a una crisis de identidad donde priorizó a otros por sobre sí misma. “No a nadie, jamás, nunca, nada”, respondió cuando le preguntaron si volvería a perdonar un desliz similar, marcando una distancia radical con su pasado emocional.
Gissella Gallardo rompe el silencio
Lo que emerge de sus declaraciones no es sólo una historia de amor tortuoso, sino un espejo crudo de lo que muchas mujeres –y hombres– enfrentan: sacrificar sueños personales, validación externa y miedo al abandono por mantener un núcleo familiar. No es menor: Gallardo y Pinilla comparten no sólo recuerdos, sino tres hijos, lo que agrega un ingrediente más complejo a la ecuación del perdón y la reconstrucción familiar en público y en medio del juicio de la prensa y redes.
Este relato, lejos de idealizar a Pinilla o exaltar a Gallardo como víctima, invita a una reflexión más profunda: ¿cuándo el amor deja de ser amor propio y se transforma en una narrativa dirigida por el ego, el miedo o la exposición mediática? En una industria donde cada lágrima se amplifica y cada reconciliación se especula, la conversación que abrió Gallardo hace temblar silencios y obliga a mirar detrás de la foto perfecta.















