A días de la inesperada muerte del reconocido periodista de espectáculos Andrés Caniulef, una historia que pocos conocían empezó a filtrarse con fuerza: la relación que sostuvo con Freddy Pérez, un periodista y productor venezolano que describe al comunicador no solo como su compañero, sino como la persona que cambió su vida.
La súbita ausencia de Caniulef ha puesto en foco no solo su carrera profesional, sino también los vínculos más íntimos que mantuvo lejos del brillo de la televisión.
Freddy Pérez, con quien Caniulef compartió al menos cuatro años de cercanía, rompió el silencio sobre lo que, según él, fue una relación sin “título oficial” pero llena de significado.
“Para mí él era mi compañero de vida”, afirmó en un reciente programa de televisión, calificando de reduccionista cualquier intento de encasillar su vínculo bajo una etiqueta tradicional. Según Pérez, lo que había entre ellos trascendía las formalidades, un punto que encendió el debate mediático sobre cómo se interpreta el amor fuera de las normas sociales.
La historia no contada del pololo de Andrés Caniulef
La convivencia entre ambos habría sido de apoyo mutuo, especialmente en un extranjero distante de sus familias, donde Caniulef encontró en Pérez no solo una compañía afectiva, sino también un sostén emocional en momentos complejos.
La pareja manejó su vínculo con discreción, lo que derivó en especulaciones y cuestionamientos cuando Pérez decidió homenajear públicamente al periodista tras su fallecimiento, publicando en redes una sentida dedicatoria que llamó la atención de seguidores y medios.
Lo que podría haber sido un subtítulo en la cobertura tradicional del deceso se transformó rápidamente en un reflejo de las tensiones entre la vida privada y la exposición mediática. Para la familia de Caniulef, la relación con Pérez no era conocida en términos formales, lo que llevó incluso a que algunos allegados minimizaran el vínculo hasta que la propia emocional intervención pública del venezolano lo puso en el centro de la conversación.
“La sociedad acostumbra a etiquetar, eso es otro tema”, señaló él mismo, cuestionando las normativas del amor y del reconocimiento social.
Este capítulo íntimo se suma a una vida marcada por la visibilidad y la vulnerabilidad: Caniulef había enfrentado momentos personales complejos, desde revelar que vivió con VIH por más de ocho años hasta lidiar con momentos familiares delicados y una carrera pública que lo mantuvo constantemente en la mira.
Su muerte, ocurrida a los 48 años por un paro cardiorrespiratorio mientras compartía su último día con Pérez, pone al descubierto no solo la figura mediática, sino la persona que vivió detrás de los micrófonos y las cámaras.
Lo que se vislumbra ahora es una historia que no se cuenta en los titulares habituales: un relato de cariño y compañía, cuestionamientos sobre cómo se clasifica el amor y la forma en que la mirada pública a menudo eclipsa lo que ocurre entre bambalinas.
En medio del duelo por su partida, la narrativa de Caniulef y su compañero revela una vida tan compleja como humana, donde los afectos, más que los diagnósticos o las etiquetas, terminan por definir el legado de un hombre que vivió bajo los reflectores y junto a quien quiso caminar su camino.















