A diez años de la desaparición de Narumi Kurosaki, el caso que estremeció a tres continentes vuelve a tensionarse. Esta vez no por una nueva prueba concreta, sino por una voz que hasta ahora había permanecido fuera del radar: la de su mejor amigo, quien nunca fue interrogado y que hoy, en pleno tercer juicio contra Nicolás Zepeda, irrumpe con un relato que incomoda a todos.
Se trata de Hiroki, ciudadano japonés que debía reunirse con la joven en Francia en diciembre de 2016, justo en los días en que se perdió todo rastro de ella. Su nombre fue instalado por la defensa de Zepeda como pieza clave en un intento por abrir nuevas grietas en la investigación, incluso sugiriendo —sin pruebas contundentes— que podría existir un vínculo con antecedentes no resueltos del caso. La jugada no pasó desapercibida: para la parte querellante, no es más que una maniobra desesperada, una “cortina de humo” para desviar la atención del único condenado.
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Pero el propio Hiroki, desde Japón, decidió hablar. Y lejos de alimentar teorías conspirativas, su testimonio más bien desnuda otra arista del caso: la desinformación. Relató que llegó a París, intentó contactarla sin éxito y terminó viajando a Besançon sin entender lo que ocurría. “No sabía nada”, admitió, marcando distancia con cualquier insinuación de participación o conocimiento previo de los hechos.
El problema es que su aparición, lejos de aclarar, vuelve a enredar un caso que ya carga con años de polémica judicial. Porque mientras la defensa insiste en instalar dudas razonables, la cronología sigue siendo brutal: Hiroki llegó dos días después de los gritos que testigos situaron como el momento del crimen. Y ese detalle, para la fiscalía, sigue siendo clave para desarmar cualquier intento de reescribir la historia.
En el fondo, el caso Narumi parece atrapado en su propio laberinto. Un crimen sin cuerpo, un condenado que insiste en su inocencia y ahora un testigo tardío convertido en pieza mediática. La pregunta ya no es solo quién dijo la verdad, sino cuánto más puede estirarse un relato que, a una década, sigue sin cerrar completamente sus heridas.












