En una escena que tensionó la sala y dejó en evidencia las grietas del relato, el tercer juicio contra Nicolás Zepeda sumó un nuevo capítulo incómodo. Esta vez no fue la fiscalía, sino el propio juez quien decidió tomar el control del interrogatorio y empujar al acusado contra sus propias contradicciones, obligándolo a reconocer lo que durante años evitó decir: que sí viajó a Francia para ver a Narumi Kurosaki.
El momento no fue menor. El magistrado no solo cuestionó el motivo del viaje, sino que le recordó —sin rodeos— que su versión ha mutado con el tiempo. Y ahí es donde el caso vuelve a tambalear: Zepeda, que en etapas anteriores había relativizado ese encuentro, ahora lo admite, evidenciando un patrón que ya ha sido detectado en los juicios previos, marcados por inconsistencias en fechas, movimientos y decisiones clave.
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Giro incómodo en juicio de Nicolás Zepeda
Pero el golpe más revelador vino después. El acusado reconoció, por primera vez, que merodeó la residencia de la joven antes del encuentro definitivo. Incluso admitió haber entrado al edificio, acercarse a su habitación y golpear su puerta, un episodio que hasta ahora había sido negado o minimizado. La querellante no dejó pasar el detalle: es la primera vez que Zepeda sitúa su presencia tan cerca del lugar donde la joven fue vista por última vez.
El juez, lejos de conformarse, fue más allá y puso sobre la mesa las compras sospechosas: combustible, cerillas y productos de limpieza. La explicación del chileno —una mezcla de improvisación doméstica y “prevención”— no terminó de convencer. De hecho, el propio magistrado desmontó su argumento con lógica simple, evidenciando lo que en este juicio parece repetirse como un patrón: respuestas que llegan tarde y que, cuando aparecen, abren más dudas que certezas.
En un proceso que ya arrastra dos condenas anuladas y una década de preguntas sin resolver, este tercer juicio no solo busca una sentencia. También enfrenta algo más incómodo: reconstruir una verdad que el propio acusado parece haber ido reescribiendo con el tiempo. Y en esa disputa, cada palabra —especialmente las que antes no estaban— pesa más que nunca.















