El femicidio que estremeció a Las Condes comienza a mostrar su rostro más crudo. Ya no es solo un caso policial: ahora tiene nombre, historia y un trasfondo que incomoda. La víctima fue identificada como Verónica Valencia Segura, ingeniera en metalurgia, madre de dos hijos y una mujer que, según cercanos, vivía una relación marcada por conflictos.
El crimen ocurrió al interior de un departamento arrendado en la capital, donde la pareja se encontraba de paso tras viajar desde el norte por motivos médicos. Ahí, en un espacio transitorio que terminó siendo escenario de la tragedia, el agresor —su pareja— la atacó con un arma blanca hasta causarle la muerte. Todo ocurrió, además, en presencia de su hija de apenas tres años.
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Pero el dato que comienza a perfilar el móvil es tan clásico como brutal: celos. De acuerdo con los antecedentes expuestos en la formalización, la relación arrastraba tensiones previas y episodios de conflicto que terminaron escalando hasta el desenlace fatal. No fue un hecho aislado ni repentino. Fue, otra vez, la culminación de una violencia que ya estaba instalada.
El comportamiento posterior del agresor refuerza la gravedad del caso. Tras el ataque, no huyó: llamó a su propio jefe para confesar lo ocurrido, lo que permitió activar el procedimiento policial y su posterior detención. Hoy, enfrenta cargos por femicidio íntimo, con un escenario judicial que podría llevarlo incluso a presidio perpetuo.
Lo ocurrido en Las Condes no es solo un crimen más. Es un recordatorio incómodo de un patrón que se repite: relaciones deterioradas, señales ignoradas y un sistema que sigue llegando tarde. Porque detrás de cada cifra hay una historia como la de Verónica, y detrás de cada historia, una pregunta que Chile aún no logra responder: ¿por qué seguimos reaccionando después… y no antes?















