La muerte de Matías Uribe Nova, joven de 22 años que falleció tras contagiarse de virus Hanta en Penco, no solo dejó dolor: dejó rabia. Y una acusación frontal contra la salud pública. Sus padres rompieron el silencio y dispararon sin filtro contra el Servicio de Atención Primaria de Urgencia (SAR) de la comuna, al que calificaron derechamente como “inhumano”.
Según el relato familiar, el joven acudió en al menos dos ocasiones al recinto asistencial durante los días previos a su muerte. ¿El resultado? Dos diagnósticos distintos y —lo más grave, dicen— ninguna derivación ni exámenes que permitieran detectar a tiempo el hantavirus que avanzaba silencioso. Primero le hablaron de una bronquitis; después, de una gastroenteritis. En ambas visitas, fue enviado de regreso a su casa.
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“Lo mandaron para la casa”
La madre, devastada, resumió la frustración en una frase que golpea: confió en el sistema. Pero la situación se agravó rápidamente. Cefaleas intensas, vómitos y un deterioro físico evidente encendieron las alarmas demasiado tarde. Durante la madrugada, el joven debió ser trasladado de urgencia al Hospital Penco-Lirquén, donde finalmente falleció.
El caso estremece aún más por el contexto. Matías no era un desconocido en su comunidad: había estado colaborando como voluntario con familias afectadas por los incendios forestales en la zona de Lirquén y Tomé. Esa exposición, precisamente, aparece como posible escenario de contagio del virus que terminó costándole la vida.
Hoy, el duelo convive con la exigencia de respuestas. La familia habla de negligencia, de abandono clínico y de un sistema que —según acusan— reaccionó cuando ya no había nada que hacer. Mientras las autoridades sanitarias revisan antecedentes y protocolos, en Penco queda flotando una pregunta incómoda: si los exámenes se hubiesen hecho a tiempo, ¿la historia sería otra?













