Chile volverá a cambiar la hora y, otra vez, el cuerpo tendrá que pagar el costo de una decisión administrativa. El próximo sábado 5 de septiembre, gran parte del país adelantará sus relojes para ingresar al horario de verano, mientras científicos y especialistas en cronobiología insisten en que Chile debería avanzar hacia un horario único durante todo el año, privilegiando aquel que entregue más luz natural durante las mañanas.
La discusión no es nueva, pero la evidencia científica vuelve a ponerla sobre la mesa. Investigadores del Instituto Milenio de Biología Integrativa (iBio) sostienen que el organismo humano no se adapta instantáneamente porque cambien los relojes. El problema aparece cuando las obligaciones comienzan antes de que exista suficiente luz natural, obligando al cuerpo a funcionar en un momento en que su sistema biológico todavía está preparado para dormir.
Luis Larrondo, director del iBio, explicó que “nuestro organismo no se ajusta automáticamente porque movamos las manecillas del reloj”. Según el especialista, adelantar artificialmente las actividades puede provocar una desincronización que repercute en el descanso, el estado de alerta y el desempeño cotidiano.
Y los efectos no serían simplemente levantarse con sueño durante un par de días. La transición al horario de verano ha sido asociada en la literatura científica con aumentos temporales de algunos eventos cardiovasculares, cerebrovasculares y accidentes de tránsito. Además, durante los primeros días pueden aparecer somnolencia, fatiga, problemas para conciliar el sueño y dificultades de concentración.
Cambio de hora vuelve a poner a Chile contra su reloj biológico
El punto central está en algo tan básico como la luz. El reloj biológico utiliza las señales ambientales —especialmente la iluminación— para sincronizar los ciclos de sueño y vigilia. Por eso, para los especialistas, la luz de la mañana tiene un valor que no puede reemplazarse simplemente extendiendo artificialmente la tarde.
La paradoja chilena es evidente: el horario de verano permite disfrutar de tardes más luminosas, pero también provoca que amanezca una hora más tarde. En invierno, en cambio, el horario UTC-4 acerca más el amanecer a las primeras horas de actividad. Una revisión publicada en la Revista Chilena de Nutrición también plantea que la alteración circadiana asociada a los cambios estacionales merece ser considerada al momento de definir la política horaria del país.
Larrondo es tajante al cuestionar la práctica. “No da lo mismo cuándo recibimos la luz”, sostiene, destacando que la iluminación matinal es una de las principales señales que utiliza el organismo para poner en hora su reloj interno.
Y mientras el debate científico sigue abierto, el calendario ya está decidido: el sábado 5 de septiembre Chile volverá al horario de verano en gran parte de su territorio. El cambio no afectará a Aysén ni a Magallanes, regiones que mantendrán su horario actual.
Científicos piden mantener el horario de invierno
Para quienes deberán enfrentar nuevamente la modificación, los especialistas recomiendan reducir el uso de pantallas antes de dormir y buscar exposición a luz natural durante las primeras horas del día. Son medidas sencillas, pero apuntan directamente al problema: ayudar al cerebro a recuperar la sincronización que el cambio de hora altera.
La discusión de fondo, sin embargo, sigue pendiente. ¿Tiene sentido continuar cambiando la hora dos veces al año si nuestro organismo no funciona con la misma lógica que un reloj de pared? Esa es precisamente la pregunta que los científicos quieren que Chile deje de postergar.
Porque mientras el reloj oficial puede adelantarse con un simple clic, el reloj biológico necesita tiempo, luz y estabilidad para ponerse al día. Y esa diferencia podría ser mucho más importante de lo que parece.





