No fue un error, fue un montaje. La periodista Chantal Aguilar salió de su casa rumbo a Canal 13 como cualquier día, pero el trayecto terminó convirtiéndose en una advertencia brutal sobre una estafa que ya se está repitiendo en Santiago: un sistema diseñado para engañar incluso a quienes están atentos.
El viaje era corto, casi rutinario. El taxímetro marcó $4.550, una cifra que la comunicadora incluso vio reflejada en la máquina de pago antes de acercar su tarjeta. Todo parecía normal. Pero minutos después, la realidad fue otra: el cargo real ascendía a cerca de $85 mil, casi 20 veces el valor original.
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El engaño no partió al final, sino desde el primer minuto. Según el relato de Aguilar, el conductor construyó un ambiente de confianza, conversó durante todo el trayecto y estableció una condición clave: solo aceptaba pagos con tarjeta, argumentando un supuesto asalto previo. La periodista lo creyó. Ese fue el punto de quiebre.
Estafa en taxis golpea a periodista
Pero esto no es un caso aislado. Las denuncias se acumulan, especialmente en sectores como Providencia, donde ya se han detectado varios episodios con el mismo patrón. El mecanismo, según especialistas, es tan simple como efectivo: máquinas manipuladas que muestran un monto en pantalla, pero procesan otro completamente distinto, o sistemas configurados como transferencias encubiertas.
El problema no es solo delictual, es estructural. Las autoridades reconocen que no tienen control sobre los dispositivos de pago utilizados por taxistas, dejando un vacío que hoy están explotando los delincuentes. Y mientras ese vacío siga abierto, la estafa no discrimina: puede afectar a cualquiera, incluso a quienes viven de informar.
Porque lo ocurrido con Aguilar no es solo una anécdota mediática. Es una señal. Una de esas que advierten que el delito se está sofisticando, adaptándose y aprovechando cada grieta del sistema. Y en ese escenario, confiar —aunque parezca lo más natural— puede salir caro.















