En lo que podría calificarse como el primer traspié diplomático serio para José Antonio Kast, el presidente interino de Perú, José Jerí, puso un portazo a la idea del futuro mandatario chileno de crear un corredor humanitario regional para migrantes irregulares, una iniciativa que el propio Kast promocionó como pieza clave de su estrategia para enfrentar la crisis migratoria en el norte de Chile.
Según Jerí, consultado en una entrevista reciente, la idea fue descartada por completo, pese a que ambos líderes habían conversado sobre la cooperación binacional para enfrentar la migración irregular y la delincuencia organizada que, según sus propios discursos, afecta tanto a Perú como a Chile.
El mandatario peruano fue claro: “No puedo permitir que ingresen de forma irregular migrantes a nuestro país”, remarcó, enfatizando que la inseguridad en su territorio se ha visto agravada por la situación fronteriza.
Perú cierra la puerta a la propuesta de Kast
Este rechazo representa un giro sorprendente frente a lo que se había proyectado tras la reunión de ambas autoridades en Lima, en donde se había destacado públicamente la importancia de trabajar de manera conjunta.
Aunque el encuentro se vendió con énfasis en la “profunda coincidencia en combatir la migración irregular”, ahora esa narrativa choca con una realidad diplomática menos armónica y más pragmática: Perú prioriza el control estricto de sus fronteras y rechaza soluciones que puedan facilitar aún más la movilidad irregular.
La respuesta de Kast, hasta ahora, ha sido la típica de su estilo político: escueta, optimista y orientada a la calma general. Se limitó a afirmar que “todo va a estar bien”, sin entrar en detalles concretos sobre cómo planea avanzar en su propuesta después de este rechazo explícito.
La frase, que en contextos menores podría sonar tranquilizadora, en este caso parece más una señal de falta de fundamentos y de una estrategia internacional todavía muy endeble.
El episodio expone no solo una discrepancia entre dos gobiernos vecinos, sino una grieta profunda en la gestión regional de la migración, donde las posturas que apelan a soluciones rápidas o espectaculares chocan con la realidad de estados que, como Perú, están replegando políticas y reforzando controles frente a flujos irregulares. Más allá de la retórica, la pregunta que queda sobre la mesa es directa: ¿puede el proyecto de Kast sostenerse si sus vecinos más estrechos ya le bajaron el pulgar?















