Un batallón de aproximadamente 50 militares peruanos ya se encuentra desplegado en la zona de la Línea de la Concordia, en la frontera con Chile, con la misión de quedarse “por al menos 60 días”, según confirmó el gobierno de José Jerí tras decretar un estado de emergencia en los distritos fronterizos de Tacna.
La decisión de militarizar la frontera —oficial en los distritos de Palca, Tacna y La Yarada–Los Palos— se justifica como una medida para “frenar el ingreso de migrantes irregulares” y prevenir “situaciones de violencia y crimen organizado”.
Pero no todos ven la medida con la misma claridad: mientras el gobierno peruano la vende como control de orden, para muchos el despliegue representa una respuesta al discurso de eventual expulsión masiva desde Chile, y un aviso con efectos políticos que trascienden lo migratorio.
Perú militariza la frontera con Chile
Desde el lado chileno —en particular en la región Arica y Parinacota— las autoridades aseguran que el paso fronterizo continúa “con normalidad”, descartando un aumento reciente en los flujos de personas que salen hacia Perú.
Pero en paralelo, la población migrante ya denuncia “zona de nadie”: tras las 20:00 h, grupos de decenas de personas —muchas de ellas familias completas— quedan varadas entre controles obligados, con la opción de quedarse atrapadas o intentar cruzar por pasos no habilitados.
Lo que emerge con fuerza no es solo una política de vigilancia, sino una tensión diplomática y humanitaria: la militarización de la frontera revela que el drama migratorio —empujado por crisis económicas, políticas restrictivas, y discursos excluyentes— ha alcanzado un punto de quiebre.
¿Es esta militarización una solución de seguridad o un mecanismo de presión política y diplomática, con migrantes como peones sobre el mapa? Por ahora, quienes cruzan la frontera lo hacen con miedo; y quienes regulan el paso lo hacen con armas.















