La versión pública del único imputado por la tragedia que dejó al menos 20 muertos en el Biobío ha encendido una chispa que va más allá de lo estrictamente judicial. Tras la audiencia en la que el tribunal decidió no decretar prisión preventiva, el cuidador rural Claudio Luna Muñoz ofreció su relato ante la prensa con un discurso que ha generado una oleada de comentarios —algunos de apoyo visceral, otros de incredulidad— con un lenguaje popular que resume la polarización de la sociedad: “Podremos ser hueones, pero…” replican usuarios que dudan de su culpabilidad o sienten que se “está castigando al más débil”.
Luna, de 39 años, enfrenta una compleja imputación del Ministerio Público que incluye incendios forestales, 20 cuasidelitos de homicidio y 14 cuasidelitos de lesiones graves por los siniestros que arrasaron sectores de Penco y Tomé tras iniciarse, según la investigación, en el predio donde él trabajaba como cuidador.
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Sin embargo, su versión no suena ni técnica ni legalista: habló de cocinar arroz con pollo en una estufa a leña que, aseguró, no sabía estaba defectuosa, de llegar al fundo apenas cuatro días antes sin contrato formal ni capacitación, y de correr a avisar a sus empleadores cuando percibió un ruido y “el fuego ya estaba prendido”.
El relato de Claudio Luna
Esa narrativa ha tenido una fuerte repercusión en redes sociales y entre comentaristas de farándula judicial: muchos ven en él al trabajador humilde que habría sido “cortado por el hilo más delgado”, sin que se investigue con igual rigor a otras posibles responsabilidades. “Me dio pena su relato”, escribió uno de los usuarios; otro afirmó: “No es realmente el culpable… podremos ser hueones, pero un rato no más”, frase que se ha repetido como símbolo de una lectura alternativa del caso.
En contraste, la fiscalía sostiene que el origen del incendio estuvo ligado a la manipulación de una estufa sin medidas de seguridad, desde la cual las chispas alcanzaron la vegetación y, empujadas por fuertes vientos, se convirtieron en un megaincendio. Las defensas y la propia decisión del juez de garantía, que descartó la prisión preventiva y optó por arresto domiciliario nocturno y arraigo nacional, abrieron un debate sobre la carga probatoria y la proporcionalidad de las medidas cautelares.
Este choque —entre la versión humana y simplificada de Luna y la compleja investigación de la Fiscalía— no solo alimenta la discusión sobre responsabilidad individual versus condiciones laborales y estructurales, sino que pone de manifiesto una fractura social en la interpretación de tragedias colectivas: mientras algunos claman porque se busquen más responsables, otros señalan con dureza que se está criminalizando a un trabajador sin medios ni recursos.
En un contexto en que la devastación ambiental se mezcla con la sensibilidad económica de trabajadores rurales, la frase repetida en redes —“podremos ser hue…”— no es solo una defensa lingüística, sino un espejo de cómo Chile lee sus tragedias a través de grietas culturales y de clase.














