El Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, irrumpió sin matices en el escenario político chileno al celebrar públicamente el triunfo presidencial de José Antonio Kast, asegurando que se trata de “la persona a la que apoyé”. La declaración, difundida tras conocerse los resultados oficiales, no pasó inadvertida y abrió un nuevo flanco de debate sobre el tipo de liderazgo que se proyecta para Chile en el plano internacional.
El respaldo de Trump no fue diplomático ni protocolar. Fue directo, personal y cargado de simbolismo. En su mensaje, el exmandatario estadounidense destacó la “fuerza”, el “orden” y la “defensa de los valores tradicionales” que —a su juicio— representa Kast, trazando un paralelo explícito con su propio ideario político. En tiempos donde las señales externas importan tanto como los discursos internos, el gesto marca un alineamiento ideológico que incomoda a algunos y entusiasma a otros.
Trump celebra victoria de Kast
En Chile, la reacción fue inmediata y transversal. Desde sectores oficialistas y de centroizquierda, el pronunciamiento fue leído como una advertencia sobre el rumbo que podría tomar la política exterior del nuevo gobierno, especialmente en materias de derechos humanos, migración y multilateralismo. En contraste, voces del mundo conservador interpretaron el saludo como una validación internacional de un proyecto político que promete orden, autoridad y quiebre con el ciclo progresista.
Más allá de las trincheras, el episodio revela algo más profundo: la elección de Kast ya comenzó a ser leída fuera de Chile como parte de una ola global de liderazgos duros, conectados por un mismo lenguaje político. Trump no habló como observador, habló como aliado. Y ese matiz no es menor en un país que históricamente ha cuidado con celo su equilibrio diplomático.














