En una visita que buscaba proyectar “solidaridad estatal”, la ministra de la Mujer y Equidad de Género, Antonia Orellana, terminó siendo el foco de un duro reclamo ciudadano en Penco. Lo que estaba diseñado como un recorrido para entregar ayuda y explicaciones técnicas sobre las medidas tras el megaincendio en la Región del Bío Bío se transformó en un cruce hostil que expuso, una vez más, la brecha entre las autoridades y la gente afectada.
Desde el inicio, la jornada mostró señales de que no sería un trámite amable. Vecinos damnificados, muchos aún sin soluciones habitacionales dignas a un mes de la catástrofe, cuestionaron directamente a la ministra por la lentitud en la reconstrucción y la entrega de casas de emergencia, mientras denunciaban que particulares en tiempo récord ya habían levantado viviendas prefabricadas por su propia cuenta.
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La tensión escaló cuando un residente subió el tono: “La burocracia es más importante que las necesidades básicas de las personas”, le espetó a Orellana, acusando que los derechos a la vida, la libertad y la propiedad habían sido “pasados por donde quisieron” por el Gobierno. La ministra, visiblemente incómoda, respondió con un comentario irónico sobre la búsqueda de atención mediática, lo que alimentó aún más el descontento.
Este enfrentamiento no ocurre en el vacío. El caos provocado por el megaincendio —que dejó miles de viviendas destruidas y miles de afectados— ha agravado la percepción de abandono estatal en localidades como Penco, donde incluso se han registrado saqueos y evacuciones de hospitales ante la falta de respuesta efectiva de las autoridades. El alcalde local ha levantado la voz exigiendo subsidios de arriendo y más viviendas de emergencia, en un contexto en que cientos de familias siguen en carpas o improvisaciones climáticas.
Lejos de calmar las aguas, el episodio de hoy pone de relieve una falencia de comunicación y gestión del Ejecutivo con los sectores más golpeados. La escena de Orellana siendo encarada por un vecino en terreno desnuda no solo la fragilidad de la respuesta estatal, sino también una percepción creciente de desconexión entre las políticas públicas y las urgentes necesidades de quienes aún esperan reconstruir sus vidas.















