La pantalla volvió a arder cuando Yolanda Sultana, la incombustible “Tía Yoli”, decidió dejar de leer cartas y horóscopos para entrar de lleno en la contingencia política. En una intervención que descolocó incluso a sus propios compañeros de panel, la tarotista lanzó un furioso y directo emplazamiento a José Antonio Kast, exigiéndole que asuma un rol activo frente al momento que vive el país. No hubo medias tintas ni eufemismos: fue un discurso frontal, incómodo y cargado de molestia genuina.
El tono no fue casual. Según se pudo ver en el espacio televisivo, Sultana venía acumulando frustración ante lo que considera una ausencia de liderazgo visible desde sectores que hoy buscan volver al poder.
Yolanda Sultana irrumpe sin filtro
“No basta con criticar desde la galería”, vino a decir entre líneas, apuntando a una política que —a su juicio— se esconde cuando la crisis exige dar la cara. El llamado fue tan vehemente que ni Patricia Maldonado, habitual voz dura y sin censura, logró contenerla o bajarle el volumen.
Más allá del espectáculo televisivo, el momento dejó al descubierto una tensión mayor: la farandulización de la política y la politización del espectáculo. Que una figura como Yolanda Sultana —símbolo pop, transversal y con llegada a públicos que la política tradicional no logra tocar— interpele a un líder presidencial no es un detalle menor. Es síntoma de un malestar que se cuela por donde puede, incluso desde espacios que antes parecían livianos o anecdóticos.














