En medio de lo que ya es considerada una de las peores tragedias por incendios forestales en la historia reciente de Chile, emerge un testimonio que desnuda el terror vivido en Lirquén, en la región del Biobío: la cabo de Carabineros Ingeborg Figueroa, quien salvó a un matrimonio con discapacidad y a su hijo de 7 años, relató con crudeza cómo quedó atrapada por las llamas y se resignó a luchar por su vida en plena emergencia. Su relato, compartido en redes y recogido en distintos medios, pone en perspectiva la fragilidad humana frente a la furia del fuego y la incertidumbre que vive el país.
La secuencia que narra Figueroa parece sacada de una película de horror: junto a su pareja —también efectivo policial— llegó a una vivienda donde una mujer con movilidad reducida, su hijo y un menor dormían cuando el fuego los encerró entre cerros y humo. Con el fuego avanzando con voracidad, la carabinera no solo tuvo que sacar al niño y a la familia en medio del caos, sino que también debió enfrentar un tránsito detenido, remolinos de calor y la sensación de estar completamente cercados por las llamas.
“¡Nos alcanzó el fuego! ¡Nos alcanzó el fuego!”, se escuchó en un momento crítico del video que Figueroa grabó mientras intentaba escapar, encapsulando la confusión, la velocidad del desastre y la impotencia que vivieron los uniformados. En un tramo de la narración, la cabo relata que tuvo que entregar al niño a Bomberos, perdiéndolo de vista ante el avance imparable del fuego, para luego refugiarse junto a otros rescatistas en una cancha deportiva, donde pasaron horas batallando por sus vidas mientras la noche caía sobre Lirquén.
Carabinera relata horas de terror en Lirquén
Ese momento, en que Figueroa pronunció la frase “ya, hasta aquí llegamos”, no fue una rendición, sino una resignación al peligro extremo en el que se encontraban. Según su testimonio, no fue que los equipos de emergencia no quisieran ayudarlos, sino que literalmente no podían subir ni acceder por las condiciones del terreno, el calor y la falta de recursos hídricos inmediatos. La madrugada siguiente, ya con la luz del día, lograron rescatar a la cabo y a su pareja, quienes no han dejado el sector y siguen apoyando a damnificados incluso durante sus días de descanso.
Lo que hace especialmente crudo este relato es que no se trata solo de estadísticas o de números aproximados de hectáreas quemadas —como lo han hecho los reportes oficiales mientras la región se sumerge en estado de catástrofe— sino de vidas moviéndose entre el deber y el miedo.
La experiencia de Figueroa encarna ese punto donde el servicio público se transforma en una lucha intestina por sobrevivir mientras se intenta salvar a otros, un reflejo del caos que confrontan carabineros, bomberos y rescatistas ante una emergencia que ha obligado a miles a evacuar y que ha convertido barrios enteros en zonas de guerra contra el fuego.
En las últimas semanas, el siniestro ha dejado casi 20 fallecidos, miles de evacuados y cientos de damnificados, con poblaciones como Lirquén y Punta de Parra prácticamente destruidas, y una comunidad que clama por más apoyo, recursos y claridad en la gestión de la crisis. Las voces de quienes enfrentan el desastre en primera línea, como la de esta carabinera, aportan una dimensión humana al horror que los números no alcanzan a expresar: no es solo un incendio, es un colapso de vidas que gritan por ayuda, coordinación y respuesta efectiva.















