El caso que ha sacudido a la opinión pública chilena —y que mantiene bajo lupa a la justicia— sumó este viernes una versión cruda, directa y que desafía la narrativa inicial. Héctor Oyarzún, hijo del conserje Guillermo Oyarzún, quien fue brutalmente agredido en mayo de 2025 por Martín de los Santos Lehmann en la comuna de Vitacura, aseguró que la golpiza no partió por un simple cigarro, como se dijo originalmente, sino que fue producto de un enfrentamiento mayor que revelaría un trasfondo de provocación y violencia gratuita.
Para la familia Oyarzún, la versión del cigarro —que circuló en un primer momento como motivo del ataque— ha quedado en el pasado. Según Héctor, cuando él vio a su padre bajando de la ambulancia, el conserje solo podía repetir “un cigarro, un cigarro” porque estaba desorientado, pero esa no fue la causa real del brutal golpe que cambió su vida para siempre.
El verdadero origen, según el relato, fue una confrontación en la calle: Guillermo estaba revisando un ruido afuera del edificio donde trabajaba cuando De los Santos lo encaró, desató insultos y desencadenó la violencia extrema.
Conserje Brutalmente Agredido en Vitacura
El trasfondo del ataque no solo expone la brutalidad de un acto aislado, sino un patrón de comportamiento inquietante. Este hombre, que en otras audiencias ha sido visto increpando jueces y relativizando los hechos, ahora enfrenta la posibilidad real de ser extraditado desde Brasil, donde buscó refugio tras el hecho. La Corte Suprema ya aceptó el procedimiento, aunque el retorno puede tardar semanas o incluso meses, dice la familia, en medio de una batalla legal que parece eternizarse.
Aún más lapidaria fue la advertencia de Héctor sobre la salud de su padre: Guillermo quedó con secuelas físicas devastadoras —incluyendo la pérdida de visión parcial y trauma psicológico— y sin poder volver a trabajar, mientras la justicia corre a ritmo de trámite internacional. Y aunque la familia ha buscado resguardar a los padres del escrutinio mediático debido al daño emocional, la historia social que emerge va más allá de un simple relato de violencia: una comunidad, una víctima mayor y un agresor que nunca mostró señales de arrepentimiento real.
Mientras la extradición y las explicaciones jurídicas se dilatan, el hijo afirma que su padre tiene una sola pregunta pendiente para el agresor: “¿Por qué me pegó?”, un reclamo que pesa tanto como las heridas físicas y que deja en evidencia que aún no hay paz ni justicia completa, solo versiones en conflicto y un país que observa con incredulidad cómo hechos así ocurren en pleno sector oriente de Santiago.














