Mientras los incendios forestales desangran al centro-sur de Chile y han provocado estados de emergencia en Ñuble y Bío Bío, hay historias que se cuelan por debajo de los balances oficiales: la de los trabajadores que siguen cobrando peaje en medio de la catástrofe, atrapados entre reglas laborales y la furia de conductores desesperados que solo buscan llegar a sus familias o prestar ayuda. La tensión y el malestar canalizado hacia ellas han convertido sus casetas en escenarios de agresión verbal y emocional que pocos han visto.
Una de estas trabajadoras, con rostro y voz desde la caseta de peaje, grabó un video que se viralizó en redes para hablar desde el corazón de la tormenta.
Con la carretera donde se cobró tarifa como telón de fondo, relató cómo conductores exhaustos y angustiados le exigían —casi imploraban— que “liberen las barreras”. “Querían ir a ver a su familia, ir en ayuda”, explicó, señalando que la desesperación por avanzar sin demora terminó transformando a su equipo en el blanco de insultos y reclamos constantes.
Peajista en la línea de fuego
El impacto emocional ha sido profundo. “Es lo más frustrante que me ha tocado vivir, al punto de las lágrimas… es terrorífico, por decir lo menos. Qué terrible”, confesó la trabajadora, describiendo la crudeza de momentos donde no solo se enfrenta a llamas que avanzan fuera, sino al enojo y dolor de quienes transitan por la zona devastada. La escena desnuda una tensión que no se ve en cifras: peajistas que siguen cumpliendo funciones contractuales en pleno desastre humano, mientras el entorno social parece colapsar.
El malestar ha generado reacciones encontradas en redes sociales, donde algunos usuarios critican que los peajes sigan funcionando en medio de una emergencia que ha dejado decenas de fallecidos, miles de evacuados y miles de hectáreas quemadas; y otros defienden que estos trabajadores no son responsables de las políticas de tránsito ni de apertura de barreras, sino la cara visible de una estructura que continúa operando pese a la tragedia.
Este conflicto cotidiano —cobrar peaje en medio de uno de los desastres naturales más devastadores de los últimos años— pone sobre la mesa una pregunta urgente: ¿qué prioridades debe tener el Estado cuando carreteras, tránsito y servicios quedan atrapados entre el deber contractual y la emergencia social?
Para quienes viven el incendio desde las rutas, la respuesta no es fácil. Pero historias como la de esta peajista revelan que la tragedia no solo se vive en los bosques y hogares quemados, sino en cada caseta donde una persona carga con la frustración de una nación que clama por respuestas más humanas y coordinadas.











