En una jugada que sacude la frontera entre la independencia judicial y la política gubernamental, Trinidad Steinert Herrera, hasta ahora fiscal regional de Tarapacá, presentó su renuncia al Ministerio Público en medio de la antesala del anuncio del nuevo gabinete del presidente electo José Antonio Kast. El paso, oficialmente descrito como un “nuevo desafío profesional”, no oculta la realidad política: Steinert es la carta elegida por Kast para asumir la cartera de Seguridad Pública, una de las más críticas de su administración entrante.
La fiscal, conocida por liderar casos de alto impacto —incluyendo investigaciones contra miembros del Ejército por tráfico de ketamina y contra el temido Tren de Aragua en el norte— se perfila como la figura que deberá comandar la respuesta estatal al crimen organizado y a la violencia que ha tensionado al país durante años. Su nombre surgió como alternativa tras la caída de otros posibles ministros y ha despertado tanto apoyo como críticas por el salto directo desde una función eminentemente judicial hacia un cargo político sensible.
El Ministerio Público, en su comunicado oficial, fue cuidadoso: calificó la renuncia como una decisión de carácter personal y recordó que los nombramientos ministeriales son potestad exclusiva del Presidente de la República, subrayando que la autonomía e independencia de la Fiscalía se mantienen “más allá de los cambios que se produzcan en otros poderes del Estado”. Sin embargo, la salida de Steinert deja una pregunta abierta sobre los lazos entre el sistema persecutor y el Ejecutivo entrante.
Fiscal Trinidad Steinert renuncia
La nominación de una figura tan prominente del aparato persecutor a un cargo de alta influencia política ha encendido un debate público que va más allá del nombramiento en sí mismo. Para algunos, su experiencia en casos complejos de crimen organizado y narcotráfico representa una apuesta técnica fundamentada en la lucha contra la inseguridad. Para otros, el movimiento sugiere un riesgo de politización de las instituciones encargadas de administrar justicia, erosionando la línea que debe separar al Ministerio Público del poder político.
Este capítulo también recalca un aspecto más profundo de la transición chilena: la manera en que el gobierno de Kast —que asume el 11 de marzo— ha ido construyendo un gabinete donde destacan nombres que combinan perfiles técnicos con afinidades políticas. Steinert se ubica precisamente en esa tensión: figura respetada en el ámbito jurídico, pero trasladada de manera abrupta al epicentro de la política pública en materia de seguridad, un terreno donde las decisiones tienen impacto directo en las libertades civiles, el orden público y la percepción ciudadana sobre el Estado de Derecho.
Mientras tanto, en la Fiscalía Regional de Tarapacá se activan los mecanismos institucionales para garantizar la continuidad de las investigaciones y la atención a las víctimas, según el propio comunicado del Ministerio Público, que adelantó que la operación del organismo se mantendrá “con total normalidad”. El desafío ahora es ver cómo se reconstituye ese espacio clave en el norte del país y qué señales envía este nombramiento sobre la dirección del nuevo gobierno en materia de seguridad, justicia e independencia institucional.














